La pregunta ¿Por qué? Puede generar respuestas variadas y múltiples, sin llevar a una finalidad productiva. Cuando en realidad la respuesta es multifactorial, a veces actuamos no solo por un motivo, puede influir nuestra experiencia, el momento emocional, el estrés, la manera de hablar o expresar del otro, nuestra creencia acerca de eso, es decir, nuestros filtros mentales o la percepción de una intencionalidad oculta al mensaje del emisor.

Por ejemplo, si alguien me pregunta, por qué has respondido mal, puedo alegar, porque estaba estresada, lo que has hecho me ha molestado, me haces acordar a mis Padres cuando te pones así, me ha venido la regla, te he contestado normal, sé por dónde vas o simplemente me apetecía. Como véis se abre la puerta a multiples argumentos.

Considero que el ¿Por qué? solo es necesario cuando buscamos un origen en el pasado, y sirve para saber que fue aprendido, por ende lo podemos desaprender. Esta cuestión nos libera de la idea de que algo nació con nosotros y está en nuestra esencia. Nos da permiso para modificarlo.

Si vemos que una conducta tiene origen en nuestras experiencias y no es una concepción que traíamos de nacimiento, nos abre la puerta a reconsiderar nuestro accionar. Hay que recordar que todo lo aprendido son estrategias, que alguna vez han sido útiles, la objetivo es aumentarlas y desarrollar nuevas habilidades para responder (responsabilidad) así nuestros resultados serán mejores.

En cambio la pegunta ¿Para qué? Nos invita a ver el propósito por el que realizamos determinado acto. Es decir que nos invita al futuro, desde el presente, nos plantea los retos de aprender nuevos modos de comunicación, cambios internos que nos inspiren ser más asertivos, actualizarnos a una mejor versión de uno mismo y desarrollar la inteligencia emocional.